Esto que leerás a continuación se lo dedico a la niña que fui. Por ello, la razón de este relato.
Y sí, yo fui una de las tantas niñas a la que le tocó tener el papel de la niña fea.
Este papel que no se lo deseo a nadie y creo que esta experiencia solo puede ser entendida por aquellos, incluso los chicos, a los que nos tocó ser el raro, el diferente, el rechazado y el feo. Estas experiencias, queramos o no, marcan un antes y un después en nuestra forma de percibir al mundo, al menos lo fue para mí.
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¿Y a ti te ha tocado ser la niña fea, la regular o la bonita?
Cada uno de esos papeles marca un antes y un despues en la vida de muchas mujeres. En mi caso como niña fea, solo puedo decir que fue algo que me tocó representar muchas veces sin saberlo.
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¿Dónde comenzó todo?
No podría señalar exactamente cuándo comenzó todo, pero tengo grabado un concurso de belleza infantil en mi jardín de infancia cuando apenas tenía 5 años. En Venezuela—mi país—le decimos Preescolar. El culto a la belleza en Venezuela siempre ha sido particularmente tóxico: somos «el país de las misses» donde implícitamente todas las mujeres deben ser hermosas, y quien no lo es, casi ni califica como venezolana. Así de asfixiante era la presión social relacionada a la belleza a finales del siglo pasado.
En aquel concurso, los niños varones votaban por la niña más bonita. A cada una nos asignaron un número en la pizarra para contabilizar los votos. Yo fui la única que no recibió ningun voto. Cuando terminó la actividad, me sentía extraña, confundida. Las explicaciones no tardaron: «tienes el pelo malo y la boca muy grande». Con apenas 5 años, ya me enseñaban que existían rasgos «buenos» y «malos», y que a mí me habían tocado los segundos. Pero yo en mi ingenuidad no entendía por qué ser bonito o feo sería importante.
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Durante toda esa semana, la ganadora lució diferentes outfits infantiles .
Curiosamente, lo que más me fascinaba no era ella (ni siquiera recuerdo su rostro hoy), sino la ropa tan interesante que le permitían usar durante esa semana a razón del concurso, especialmente los vestidos. También quería usarlos, pero sabía que yo, como las demás, no podíamos; sin embargo, a mí me dolía más por el hecho de saber que ni siquiera tenía un voto a mi nombre. Así que pensaba: «¿Será que nunca podré usar ropa como esa, porque soy demasiado fea?»
Como aclaración, ese concurso en particular consistía en que la «Reina del salón», es decir, la niña designada como la más bonita, usaba durante siete días un «outfit» diferente siguiendo una temática específica. En mi caso, la temática asignada a mi clase fue Barbie.
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Por eso te digo que ahí todo comenzó, con los años fui entendiendo que al parecer si eras la niña fea todo el mundo tenía derecho a hablar de tu aspecto y menospreciarte por él.
Lamentablemente por un problema hormonal desarrollé aproximadamente a los 8 años acné infantil y mi rostro era grasoso y lleno de pepitas blancas pequeñas por todas partes. Por causa de toda esa condición incluso algunas compañeras de clase evitaban acercarse a mí y me preguntaban que si lo que yo tenía era contagioso. Recibí incluso miradas de asco solo por mi rostro.
Recuerdo que un día mi papá me compró un sombrero blanco de lana en un mercado artesanal; a mí me encantó, y dije en mi mente: «listo, ya así no me dirán más nada porque el sombrero tapa mi frente» y por ello hacía el esfuerzo de llevar ese sombrero escondido en mi bolso cada vez que podía.
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La bruja de la obra
Cerca de los 11 años, mi acné empeoró considerablemente. Por ansiedad, me rascaba el rostro, empeorando su aspecto. Para mí no era tan terrible, pero para los demás aparentemente sí. En sexto grado, nuestra clase presentaría adaptaciones modernas de obras clásicas. Mi grupo representaría Romeo y Julieta. Nuevamente se utilizó un «concurso» para elegir a Julieta, quien debía ser «la más bonita». Yo ni siquiera pude participar—ya tenía asignado mi papel: la bruja. Cuando pregunté a la maestra sobre esta decisión, simplemente respondió que todos habían decidido por mí y que debía esforzarme por interpretar bien ese personaje.
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Después de la presentación, aunque obtuvimos excelentes calificaciones, sentí un peso aplastante en el pecho.
Allí descubrí lo que significa sentir dolor en el corazón. Varios compañeros comentaron que el papel de bruja «me quedaba perfecto» por ser la más fea. Ese día, al llegar a casa, cerré la puerta de mi habitación y, abrazada a mi oso de peluche blanco, lloré desconsoladamente. Comprendí que no solo era la bruja en la obra—también lo era en la vida real para ellos.
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Mi autoestima probablemente quedó irreparablemente dañada ese día.
Incluso ahora, a mis 31 años, sigo luchando con la imagen que veo en el espejo. Hay días en que, sin poder evitarlo, vuelvo a ver aquella «bruja» reflejada.
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La apariencia se convirtió en una obsesión después de aquello.
Paradójicamente, dejé de preocuparme por mi aspecto. Incluso abandoné mi pasión por dibujar vestidos para mí; en su lugar, dibujaba hermosas mujeres rubias que lucían los diseños que creaba—porque alguien había decidido que ellas sí merecían ser bonitas.
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Hoy, después de muchas batallas internas, generalmente me siento orgullosa de mi reflejo.
Pero hay días en que aquella niña etiquetada como fea vuelve a aparecer. ¿Es algo negativo? Creo que no. Es simplemente el recuerdo de quien fui y una verdad que he aprendido: nadie tiene la vida resuelta solo por ser considerado feo o bonito. La vida es infinitamente más compleja que eso.
¿Y tú? ¿Te tocó ser «la niña fea»?
Un comentario
Hola. Es tan duro ver como nuestra sociedad nos juzga aún estando tan pequeñas…
Yo era la Madrina de mi salón, 2º grado. Le dije a mí mamá que no podía ir de uniforme que me tenían que llevar de ropita de salir para el desfile. Me dijo que no, que eso era en una escuela pública que como iban a pedir eso… Mi maestra no fué, me dejaron con otra profesora y al pasar buscando a las madrinas, no me dejaron participar porque no iba con la ropa de salir … Tampoco que tenía la madera para eso…
En la actividad lo que hice fué llorar … Una vez más, rechazada. En inevitable que me vea reflejada en lo que viviste. Es duro ver cómo si no es lo que exijen, no tienes voz ni voto. Hoy no tanto, ya más de 14 años de eso, sin embargo, estoy aprendiendo a lidiar con el rechazo ahora… No es fácil.
Gracias por alzar tu Voz